Vista i oïda

Sempre he cregut que la música és important per acompanyar la lectura.
Hi ha texts, amb el seu fragment especial...

Siempre he creido que la música es importante para acompañar la lectura.
Hay textos, con su fragmento especial...

dimecres, 24 de juny de 2009

He descobet un lloc per escriure alguns relats


Així és què segurament hi penjaré més d'un dia algun relat, a més em permetrà practicar més el meu oxidat castellà i, alhora, exercitar la traducció.
Hauré d'escriure directament en castellà i després traduir? o bé hauré d'escriure en català per ser la meva llengua materna i després practicar una bona translació?
Ah, quina disjuntiva més estúpida, però en això estic...

De moment han fet tres propostes sobre el nou llibre d'Stieg Larsson, La reina en el Palacio de las corrientes de aire i jo m'hi he apuntat a la tercera: "Escriu quelcom sobre el que et suggereix el títol del llibre":

A la reina le gustaba su palacio, lo notaba aireado, limpio, disfrutaba el viento a través de las ventanas, de las puertas, el que se colaba en las grietas o los pequeños agujeros de cualquier madera mal trabajada, el que notaba cuando tomaba un baño o aquella simple ráfaga que le quitaba el trozo de comida a punta de labio del tenedor cuando cenaba, hasta aquel que molestaba cuando estaba sentada en su gran y hermoso trono de marfil.

Dónde más se divertía notando su preciado oreo era en el gran salón, allí donde recibía a las visitas especiales, a los príncipes, reyes y embajadores, todos hombres vestidos con pieles o de negro, oro y plata, de barbas puntiagudas e imponentes bigotes, machos orgullosos de cejas arqueadas y sabedores de portar grandes e imprescindibles mensajes para ella, una ingenua reina casadera, una firme candidata para ampliar el reinado de un soberano orgulloso famélico de poder.


Ella, la gran y lánguida reina, sonreía irónicamente, aunque sus visitantes no lo percibían, porqué en su afán de conquistarla solo parecían ver un gesto femeninamente bello y elegante, en cambio toda su corte, se preparaba con urgencia, rápida y afanosamente, agarrándose como y donde podían porqué sabían lo que se avecinaba: Una racha de viento súbito, como un tornado, que surgía de repente del fondo de la estancia abriendo las puertas brutalmente, subía por encima de las escaleras de mármol y arrancaba las pelucas y ostentosos adornos a los prohombres arrodillados y, bestialmente, se arremolinaba alrededor de la poltrona dando vueltas varias veces hasta que, en un estallido, parecía detenerse para provocar lo imprevisible, levantar obscenamente los faldones del vestido de su majestad dejando al descubierto las preciosas enaguas de gasa negra transparente decoradas con gráciles puntillas y lazos rojos de satén brillante. La reina, oh, cubríase la cara púdicamente intentando a la vez bajarse inútilmente el pesado atuendo con un gesto virginal a la par que inocente.


Y así acababa la recepción, en cinco minutos, todo el mundo medio gritando, la corte recogiendo, los visitantes pidiendo perdón, genuflexionando diversas veces y pidiendo miles de excusas a diestro y siniestro. Aquel fracaso era el éxito de la joven aireada, se libraba de la reunión con la complicidad de sus damas y de toda la corte en pleno puesto que, entre todos, habían dejado abiertas de par en par ventanas, puertas y portillas esperando la señal de la reina, su sonrisa, momento en el que soltaban el último pestillo para provocar la corriente de aire más bestial de todo el palacio.


Lo que nadie sabía es que al reino en pleno le gustaba el viento, todos amaban el aire. Ya habían tenido reyes que habían levantado paredes y colgado portones que no dejaban pasar la brisa. Esta mujer deseaba notar el frescor de la mañana, el pausado viento acalorado del mediodía, el oloroso y ligero movimiento del atardecer y el refrescar de la noche. No querían otra reina, querían la que tenían, porque no ejercía como tal. Les gustaba verla medio desnuda en el soportal de la entrada, con la melena arremolinada, dejándose acariciar el cuerpo por la brisa y escuchar que les dijese a menudo: Algún día me atreveré a cruzar este umbral para ser lo que quiero y debo ser, mientras tanto el palacio es todo vuestro y cada vez que venga alguien, mientras podamos, seguiremos provocando huracanes.